Comenzaremos partiendo de una base:
¿qué es el Protocolo? Es una herramienta para hacer práctica nuestra vida en
cualquier ámbito. ¿Y por qué es útil? Porque nos proporciona una serie de
normas y pautas reguladas bien por ley o bien por la tradición y la costumbre
que nos facilitan las relaciones sociales y la convivencia con el resto de los
seres humanos.
Ahora bien, cuando hablamos de
Protocolo hemos de tener siempre presente que no es una ciencia exacta, no se
trata de un concepto rígido, si no que permite diferentes interpretaciones
siempre y cuando se realicen en base a un criterio. Son muchos los
profesionales que conciben de forma muy distinta, por ejemplo, la ubicación que
deben tener los cónyuges en los actos o simplemente la aprobación o no de que a
una mujer le corresponda su precedencia en una esquina. Por ello, es importante
tener la mente abierta y pensar, utilizando el sentido común, qué es lo más
adecuado de cara a cumplir el objetivo del evento en cuestión.
¿Y qué nos aporta el Protocolo?
Contribuye a transmitir la imagen que queremos ante nuestro público pero, si
vamos más allá del conjunto, veremos que las repercusiones de una correcta gestión
en este ámbito suponen el crecimiento individual de la persona. Esto es, supone
una mejora de la comunicación del individuo con el entorno, un aumento de la seguridad
en uno mismo y de naturalidad, una mayor puntualidad y un incremento tanto de
la elegancia como del arte del saber estar, entre otros.
Así pues, dejemos de lado la visión del
Protocolo como algo estático y anticuado, y disfrutemos de las posibilidades
que nos ofrece para afrontar con éxito las diferentes situaciones que se nos
plantean día tras día.
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